CAPITULO I: EL PROYECTO.
La idea de ir a la Patagonia rondaba por mi cabeza hace ya mucos años. Me atraían especialmente el Cerro Tore y el Fizt Roy, reservados exclusivamente a escaladores audaces y bien preparados.
Tambien me atraía el hielo continental patagónico.
Después de la ascensión al Nanga Parbat, Jose Luis García Gallego,”El Murciano”, célebre por sus ascensiones en grandes paredes, al que conocía por haber escalado con él en varias ocasiones, me invitó a participar en una expedición que pretendía abrir una nueva vía en las Torres del Paine. Mis circunstancias familiares, con dos hijos pequeños, me obligaron a renunciar en esa ocasión.
A principios de este año Juan Carlos Gómez, el que fuera Jefe de la Expedición que coronó el Everest en 1991, me propuso ir a la Patagonia con el propósito de intentar la ascensión al Volcán Lautaro, situado en el hielo patagónico sur. Yo no había oido hablar de esta montaña, pero pronto comenzó a cautivarme, no por su altitud, ni por su dificultad, pero si por su aislamiento. Convenía que fuéramos más de dos, así es que se lo propusimos a Juanjo Haya, participante en varias de las expediciones al Himalaya, protagonizadas por el Grupo del Politécnico. También vendría su mujer, Ana, con un historial en Alpes suficiente para afrontar con garantías la actividad que pretendíamos.

“El equipo expedicionario en el eropuerto de Manises, antes de partir”
CAPITULO II: LA MARCHA DE APROXIMACIÓN.
Según el GPS la patagonia dista de valencia 12000 kilómetros en línea recta. Tres vuelos y un viaje de 200 km en autobús por una carretera de ripios, como llaman allí a las piedras, nos llevaron a la población de El Chaltén, Argentina, punto de partida para las expediciones en la zona del Cerro Torre y del fitz Roy, y en nuestro caso para entrar en el hielo continental.
Tras realizar varias compras, alquilar los trineos y dar parte en la Policía, ya que pasábamos a territorio Chileno, el día 11 de noviembre iniciamos la marcha de aproximación hacia la montaña con 40 kg cada uno. Disponíamos de 15 días para el total de la expedición, por lo que contratamos cuatro porteadores locales que nos subieron 20 kg cada uno hasta el hielo, ahorrándonos dos días, que luego podíamos necesitar.

“El Cerro Torre a la izquierda y el Cerro Fitz Roy, la montaña humeante, vistos desde El Chaltén”
La marcha de aproximación discurría al principio por un bosque de Lengas.
Los dos primeros dias hizo mal tiempo, nevando intermitentemente, lo que no impidió que alcanzáramos el paso Marconi, que da entrada al hielo.

“El Cerro Fitz Roy, la montaña humeante, visto desde nuestro campo I”

Una vez en el hielo repartimos la carga entre el trineo y nuestra espalda e iniciamos la marcha con un tiempo incierto.
El segundo día en vez de montar tienda decidimos ir al Refugio “Gorra Blanca”, desviándonos de la trayectoria, lo que suponía hacer 8 kilómetros de más, pero compensaba, sobre todo si le daba por soplar al viento.
Desde el refugio Gorra Blanca vimos la cumbre del Volcán Lautaro iluminado por los primeros rayos del sol

“El Paso Marconi visto desde el Refugio Gorra Blanca. Al fondo el Torre y el Fitz Roy”
El tercer y cuarto día fueron expléndidos, permitiéndonos avanzar por el hielo arrastrando nuestros trineos a buen ritmo y llegar a la base del Lautaro, donde montamos un campamento base protegido de los aludes y en teoría también del viento.
El 13 de noviembre salió soleado y calmado, lo que nos animó a internarnos en el hielo continental, rumbo al Lautaro.

El Lautaro parece estar cerca, pero aún nos quedaba día y medio para llegar a su base.

“El emplazamiento del campo II, bien protegido del viento, con el volcán Lautaro al fondo”

“El campo III en la base del Lautaro”

“El volcán Lautaro visto desde el campo III”
CAPÍTULO III. LA ASCENSIÓN AL VOLCÁN LAUTARO.
El día 14 de noviembre, después de montar el campamento, tuvimos tiempo de alimentarnos e hidratarnos bien, incluso de descansar. Desconocíamos la previsión del tiempo, pero decidimos poner el despertador a las tres y media de la madrugada para, en el supuesto de que amaneciera bueno, intentar el Lautaro sin más dilación.
Yo estaba inquieto y no pude resistir echar una ojeada a eso de las dos, comprobando que estaba despejado y el viento en calma. Ni que decir tiene que ya no pude pegar ojo dándole vueltas a la cabeza.
Después de meterle algo al cuerpo a duras penas, ya que a esas horas no apetece nada, a las 5 de la mañana salimos para arriba con la firme decisión de alcanzar la cumbre. Aunque no había dificultades técnicas en la ruta, decidimos encordarnos par evitar la caida en las traicioners grietas que sabíamos existían en las laderas de esta montaña.
El campo base estaba situado a 1700 metros sobre el nivel del mar. Respecto a la altitud del Lautaro teníamos datos contradictorios. La altitud digamos oficial lo situaba en 3380 metros, pero según los datos de una expedición que lo había escalado hacía poco, la altitud era de 3623 metros. En este supuesto nos quedaban más de 1900 metros de desnivel hasta la cumbre.
No había dicho que en la elección del material para movernos sobre la nieve hubo diversidad de opiniones. Juanjo y yo apostamos por las raquetas, mientras que Juan Carlos y Ana se decantaron por los esquís de travesía. Así, a la hora de encordarnos nos emparejamos los de las raquetas por un lado y los de los esquís por el otro. Esto era lo más conveniente ya que con los esquís se van haciendo zetas, mientras que los de las raquetas subíamos bien por la línea de máxima pendiente.

“Amaneciendo el día de cumbre”
Cuando salió el sol el hielo patagónico se asemejaba mucho un mar de nubes
La calma inicial duró poco. Pronto comenzó a soplar el viento, lanzando la ventisca contra nosotros. No le dimos mayor importancia porque, aunque era molesto, no impedía que fueramos ganando altura.
El viento soplaba del oeste, como es habitual en la Patagónia, y nosotros subíamos por la ladera este, de manera que la montaña nos estaba protegiendo en alguna medida de la fuerza del viento. Esto lo pudimos comprobar cuando en nuestra ascensión llegó un momento en que teníamos a la vista la vertiente chilena. Entonces el viento se transformó en huracán. A pesar de todo decidimos continuar contra viento y marea, ascendiendo por una media ladera que no resultaba peligrosa aún en el supuesto probable de que el viento nos derribara. La ventisca era tal que en algunos momentos el compañero situado 10 metros más adelante desaparecía de la vista. Tampoco era posible seguir su huella porque la nieve arrastrada por el viento la tapaba de inmediato, pero la cuerda nos daba mucha tranquilidad. Lo que sí notábamos hacía rato era un fuerte olor a azufre proveniente de las entrañas del volcán. En estas estábamos cuando nos dimos cuenta de que habíamos alcanzado un punto alto. Era la antecima.
En las imágenes que siguen podemos apreciar diferentes aspectos de la ascensión.

Relativamente cerca, o al menos eso nos parecía a nostros, divisamos entre ráfaga y ráfaga, la que sin duda era la cima principal. Después de la antecima había que bajar un poco y seguir una cresta hasta la cumbre. En un colladito que había antes de la antecima una ráfaga de viento me tiró al suelo como si fuera un muñeco . Juanjo se dio cuenta por el tirón de la cuerda. Entonces la prudencia y la cordura se impusieron a las ganas que teníamos de alcanzar nuestro objetivo. La decisión fue unánime. Eran las 14,30 y aún nos quedaba un largo descenso.
Cuando llegamos a la antecima el altímetro marcaba 3620 metros (la altura real debía ser algo inferior porque la presión estaba bajando). La cumbre principal no se veía mucho más alta, lo que nos hace pensar que la altitud correcta debe ser los 3623 metros, no los 3380.
En la subida los de las raquetas habíamos ido mejor, pero en el descenso Ana y Juan Carlos se vengaron. Cierto es que tuvieron que bajar un tramo con los esquís al hombro por miedo a las grietas, pero al final nos sacaron más de media hora.
En la siguiente foto puede verse el itinerario seguido en la ascensión hasta la antecima. La cumbre está a la derecha relativamente cerca.
CAPITULO IV. EL TEMPORAL.
Cuando llegamos al campamento base después de la ascensión eran las 7 de la tarde y reinaba la calma. Decidimos que descansaríamos un día y que al día siguiente lo volveríamos a intentar. Nada nos hacía presagiar lo que se nos venía encima.
El día 16 de noviembre amaneció nevando con algunas ráfagas de viento que de momento no nos inquietaban. Así estuvo todo el día, obligándonos a retirar periodicamente la nieve que se acumulaba junto a las tiendas. Por la noche el viento arreció y nevó copiosamente, observando inquietos como se acumulaba la nieve a los costados de la tienda. Aún así pasamos una noche aceptable.
El día 17 la fuerza del viento aumentó hasta el punto que nos obligó a permanecer con nuestras espaldas pegadas a la lona de la tienda para evitar que las varillas se rompieran. A eso del medio dia, Juan Carlos y yo oimos un chasquido muy fuerte y observamos una raja en el sobretecho. Una piedra había sido arrancada de la montaña por el viento y había sido lanzada contra la tienda. La situación empeoraba por momentos. Sabíamos que sin tienda no teníamos niguna posibilidad de sobrevivir, así es que decidimos cavar una cueva en el hielo por lo que pudiera suceder.
Cuando llegó la noche el viento seguía soplando con fuerza, planteándose la disyuntiva de ir Juan Carlos y yo a la cueva o dormir los cuatro en la tienda de Juanjo y Ana, que es lo que hicimos. Pasamos una noche muy incómoda por falta de espacio, pero esto era mejor que la humedad de la cueva.
El día 18 amaneció bastante calmado, planteándonos salir por piernas de aquel infierno. Necesitábamos al menos dos días para atravesar el Hielo. La intuición nos dijo que debíamos esperar, que era una imprudencia salir sin un tiempo más estable, y menos mal porque lo que nos quedaba de temporal aún iba a ser peor que lo que habíamos soportado.
Lo que sí pudimos hacer fue desmotar la tienda para repararla, aprovechando para reforzar el muro de protección contra el viento.
Pronto comenzó de nuevo a soplar Eolo, obligándonos a mantenernos vigilantes y a salir por turnos a retirar la nieve que se acumulaba arrastrada por la ventisca. Lo peor era salir a hacer nuestras necesidades, os lo podeís imaginar.
La siguiente noche, aunque siguió soplando, pudimos descansar.
El día 19, el cuarto del temporal, amaneció soplando fuerte, si bien en algunos momentos se abría algún claro en el cielo, haciéndonos albergar esperanzas de que el tiempo estaba cambiando. Lo que nos preocupaba era que la presión se mantenía muy baja. Al medio día el viento cambió de dirección soplando directamente del norte, (equivalente al sur aquí). La temperatura subió y comenzó a caer aguanieve mojándolo todo, lo que nos faltaba.
Por la tarde el viento dio un giro de 90º, soplando del suroeste. Observamos que ahora venía de arriba de la montaña, que supuestamente era una barrera natural. No soplaba de forma constante sino que lo hacía a ráfagas
de unos 15 segundos de duración, separadas por calmas de un minuto aproximadamente. Oíamos un rugido creciente y unos instantes después recibíamos un chaparrón de nieve con tal fuerza que parecía que nos iba a aplastar contra el suelo.
Cada ráfaga era más intensa que la anterior, pero también eran algo más espaciadas. Esa noche no probamos bocado, bastante teníamos con soportar los envites del viento. Tampoco nos atrevimos a acostarnos. A eso de la una de la madrugada el temporal se fue debilitando paulatinamente hasta calmarse totalmente. Derrotados, nos metimos en el saco y dormimos profundamente.
CAPITULO V: LA SALIDA DEL HIELO.
El día 20 de noviembre amaneció despejado, el viento en calma y la presión había subido el equivalente a 200 metros. Por fin la borrasca se había marchado. Lo teníamos claro, debíamos salir de allí pitando. Calculamos los días que nos quedaban y aunque era apurar un poco decidimos salir por el Paso del Viento, que era más largo que por el Paso Marconi, pero a cambio era mucho más interesante.
En dos días atravasamos el hielo con un tiempo soleado Y y con viento suave. Cuando se acabó la nieve el peso
había que llevarlo a la espalda. Eran unos 32 kg y el terreno bastante complicado, por lo que decidimos dividirlo
en dos partes y transportarlo haciendo viajes. la distancia que nos separaba de la población de El Caltén la
recorreríamos tres veces, dos con carga y una hacia atrás de vacío.
El día 22 atravesamos el Paso del Viento con poco viento, menos mal. El 23 debíamos atravesar un caudaloso torrente, que antaño se pasaba por el cauce con riesgo de ser arrastrados por la corriente. Actualmente hay montada un divertida tirolina. El día 24, tras recorrer 15 km, llegamos a nuestro destino. Dormimos cómodamente en el albergue y al día siguiente madrugamos para volver a recoger el bulto que nos quedaba en el último campamento. Hicimos 30 kilómetros con un desnivel acumulado de 1500 m.
Un día más tarde, el 26 de noviembre, iniciamos el largo viaje de retorno a Valencia.
18 diciembre 2007 Escrito por Rafa · Etiquetas: Articulos | 11 comentarios »
Más detalles, por favor. No me lo imaginaba tan bonito.
¡¡Quiero más!!!
Desde luego una imagen vale más que mil palabras, y si son varias imágenes… Preciosos paisajes vistos además en Navidad.
Increíble aventura. Ojalá algún día no muy lejano pueda vivir algo tan bonito. ¡Que siga la historia! (y las fotos).
Valientes y aventureros sóis.
La suerte de ver y tocar solo la tienen una minoria ( como vosotros ) besos
[...] Primera parte: http://turyciclo.com/2007/12/18/expedicion-patagonia-2007-ascension-al-volcan-lautaro/ [...]
Muy buena toda la aventura. La publicamos en nuestro blog, los invito a visitarla:
Sldos!
osea que cul deven ser muy valientes para esa tremenda aventura y para la proxima que les valla bnn xauuuu bexoo
jaja
que linda la historia
me gusto mucho
espero que hagan mas
tau kuidense
nos vemos
Increible, asombroso, espectacular!!! Me faltan palabras en el diccionario para expresar lo que siente un humilde montañero como yo al ver otra de tus hazañas.
Es un privilegio conocerte compañero.
Saludos. Carlos Casas
Las fotos son preciosos!!!!